La culpa es de los sicarios

En mi último post me quedé justo en el momento en que mi forma de perder peso necesitaba un giro, un punto de inflexión. Ya os avisé que esa sería otra entrada, y aquí está. No os acostumbréis, no contaré las cosas cronológicamente ni mucho menos, pero esta vez me apetece continuar. De vez en cuando están muy bien los puntos y seguido.mancuerna

Abril de 2009. Vivía todavía en mi estupendo loft de la plaza Santa Ana. Ya os he hablado de él. Un pisito a lo Moulin Rouge en el centro de Madrid. Era genial vivir ahí hasta que lo asaltaron. ¿Ladrones? Quizá, pero la policía tenía otra hipótesis -la fácil, por otro lado- . No robaron nada, pero lo revolvieron todo. Registraron hasta el último rincón, el último cajón. Desmontaron todo. Incluso, abrieron y sacaron las pilas del consolador que con tanta desfachatez y mal gusto  me habían regalado Toni, Kali, Antonio, Pi y Joan. Por cierto, gracias. Me encantó el regalo :). Aunque de aquella lo tiré.  Verlo desparramado por la cama me impactó. Casi más que cualquier otra cosa. ¿Qué ladrón se dedica a jugar con un vibrador?

Nunca supe quién había entrado y eso que vinieron los CSI españoles. Grissom incluído. Pero no encontraron nada, y lo ensuciaron todo aún más. La policía sospechó que estaba relacionado con mi trabajo. Justo se acababa de emitir un reportaje que había hecho sobre sicarios. Había contactado con ellos y estaban dispuestos a matar al “socio de mi marido” por 3000 euros. La conclusión de la policía es que no les hizo gracia verse en televisión y vinieron a darme un susto, un aviso. Su sospecha cobraba fuerza cuando se dieron / me di cuenta de que no faltaba nada salvo una fotografía. Mía. La habían cogido de un álbum de fotos que habían dejado descuidadamente colocado en el medio del salón. Abierto por el lugar donde faltaba la foto. Cierto es que ahí me empecé a asustar. ¡Qué digo empecé, ahí quería ya llorar! Me temblaban las piernas y las ideas. Estaba en shock y lo único que se me venía a la cabeza era la conversación con los sicarios en la que me confirmaban que “para hacer el trabajo, necesitamos solamente una fotografía y una dirección. Nada más”.

Al mes del “asalto” me mudé. Y con esta mudanza empezó mi afición al deporte.

Habitación a la que me mudé tras el asalto.

Mayo de 2009. Dejé de vivir sola y volví a compartir piso. Mejor mal acompañada que sola en este caso. Al tema. Seguía en mi proceso de adelgazamiento y quería pulirlo. Después de automeditarlo, autoconvencerme, concienciarme, y automotivarme, lo tuve claro.

Tenía que APUNTARME AL GIMNASIO. Así que decidida, según firmé el contrato  del piso me inscribí en el gimnasio. Una cosa tenía claro, y la sigo teniendo. Para ir tenía que estar cerca. Lo más cerca posible de mi casa. Así no habría excusa. Y el único que cumplía el requisito era  uno que ahora se llama Muscle Art. Imaginaos…Más que un gym era un club social de fanáticos de los esteroides, las camisas pequeñas y los músculos grandes.

muscle

Mi primer gimnasio

Rezumaba testosterona por sus escasos 70 metros cuadrados. Pero estaba enfrente de mi portal. Eso era lo importante. Casí no habían máquinas para hacer cardio -lo que más interesa para perder peso-. Exactamente había una elíptica, dos cintas y dos bicis. Pero eso sí,muchas mancuernas que pesaban más que yo por aquél entonces. Vamos una barbaridad. Un sitio extraño para una chica. Quizá por eso sólo estábamos apuntadas dos. La que se follaba al dueño y la novata, es decir, la menda… Muchas veces me pregunté lo mismo que los Burning en esta canción.

Por aquél entonces no es que no me gustara el deporte, es que lo odiaba, y me daba una pereza increíble. Además me sentía torpe, cualquier cosa que hacía, deportivamente hablando, me imaginaba como un gato mareado y ante el miedo al ridículo, evitaba hacerlo pero…Con los kilos se empezó a ir la vergüenza y muchas otras cosas y aquí estoy, deportista y con treinta y pico kilos menos. Ni tan mal se me ha dado.

La motivación fue importante. En mi caso tenía nombre propio. Pero lo llamaremos X. Se convirtió en mi entrenador personal. Era uno de los dos monitores que tenía ese gimnasio convertido en club social. Nunca tuvimos nada serio. No lo quise. Tenía mucho músculo pero poca cabeza. Para tratar de conquistarme me dijo que había estado en la cárcel porque le habían pillado con una pistola en el coche y no sé cuántos gramos de faropa. Supongo que era mentira, pero era de los que pensaba, que los chicos malos molan a las chicas. Aún con todo, me hacía gracia y consiguió ser el primer clavo ardiendo al que me agarré para sobrellevar el dolor, las agujetas, el cansancio y el sudor. Ahora me encanta sudar y mi única motivación es el placer de hacerlo. Aunque a veces, el placer se convierta en sufrimiento y proteste, me enfade y patalee. Pero sigue siendo placer. Al menos cuando termina la sesión.

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2 pensamientos en “La culpa es de los sicarios

  1. Perseomediamanagement dice:

    Sorprendente, intenso, divertido, ameno. Me gustas, te compro.

    Me gusta

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